Esta novela relata las andanzas de un perdedor entrañable que a grandes rasgos podrías ser tú. Es la hilarante huida de un naufrago de su propia existencia. Un divertido y tierno viaje a través de sus pequeñas miserias y desesperados intentos de no sucumbir ante su irreprimible tendencia a meter la pata una y otra vez. Nos conduce con ironía y suavidad a través de esa parte de nosotros de la que tratamos de huir y que siempre acaba metiéndonos en líos, a golpe de carcajadas, sorpresas y giros inesperados, convirtiendo la vivencia del caos en un encantador y atractivo episodio.
Encontrarás acontecimientos surrealistas con los que te sentirás identificado, y otros en los que casi desearías ser tú ese pobre diablo por el que habitualmente no darías un céntimo. Tendrás la oportunidad de mirar a través de un cristal que transfigura la tragedia en comedia, convirtiendo lo peor que te puede pasar en una aventura con la que reírse y disfrutar. Recorrerás el camino de un bufón que no se rinde ante su propio destino.

Fotografía: Emilio Baldomero y Ana Lía Miguéliz

Fotografía: Emilio Baldomero y Ana Lía Miguéliz

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Capítulo 2
Nueve meses después.



Eran las nueve de la mañana y ya estaba despierto. Probablemente el hambre me impedía dormir. Habían pasado más de treinta y seis horas desde la última vez que había comido algo. El frigorífico llevaba semanas sin funcionar, lo cual limitaba mucho mis posibilidades a la hora de conseguir comida ya que tenía que utilizar productos no perecederos. La semana anterior me había alimentado a base de peras y manzanas que cogía de los árboles frutales que rodeaban la pista de tenis de la urbanización, y con las botellas de leche que robaba de la puerta del newsagent, antes de que abriesen. Bajaba cuando apagaban las luces del parque infantil. En algunas ocasiones me preguntaba por qué mantenían encendidas las farolas hasta las tres de la madrugada, ya que nunca se veían niños jugando allí después de las ocho de la tarde.
Siempre había soñado con alimentarme de los árboles, fundirme en uno con la naturaleza, pero lo imaginaba de otra manera. En esta ocasión me sentía miserable. Reptaba por la tierra seca para evitar ser descubierto por algún vecino madrugador; o por algún noctámbulo que huyendo del calor se hubiera asomado a la ventana para refrescarse justo a la hora en que yo hacía la compra gracias a la generosidad de la comunidad de vecinos; o por el yonqui escocés que se dedicaba, supuestamente, al mantenimiento de los dos edificios donde vivíamos.
Era mi operación clandestina de supervivencia, mi pequeño juego, mi vuelta a la infancia, mi travesura diaria con mi compañero imaginario de fechorías Huckelberry Finn, lo que conseguía que por unos instantes olvidara la precaria situación en la que me encontraba.
Podía pasar el día alimentándome con una manzana para desayunar y una pera para cenar. La comida no era problema, todavía quedaban bastantes semanas antes de que acabase el verano y sabía que me podía apañar perfectamente a base de fruta. Sin embargo, me preocupaba la situación de la bodega, por llamarla de alguna manera, que “Ella” había dejado en la casa temporalmente, por falta de espacio en el camión de mudanzas. De las ciento dos botellas, que dejó perfectamente apiladas en el trastero, quedaban treinta y una, las restantes se habían encargado de hacer un poco más llevadera mi miserable existencia. Yo era consciente, no me cabía ni la menor duda, de que en cuanto descubriese lo que había hecho con su adorada y preciadísima colección de caldos, importados por ella misma desde diferentes lugares de los cinco continentes en sus constantes viajes, me mataría sin el más mínimo pudor. Pero eso no suponía ningún inconveniente, pues yo ya había muerto el día que nos separamos. Lo que realmente me aterrorizaba era cómo lo haría y cuanto tiempo tardaría. Nunca había soportado el dolor físico.
Estaba cansado de lamentarme, me molestaba dejar pasar los días mirando a través de la ventana, sintiendo cómo la vida se me escurría igual que arena entre los dedos. No tenía ganas ni de levantarme de la cama. Me costaba concentrarme. Las pocas veces que intenté leer alguno de los muchos libros que aún no había vendido en la charity shop que había al final de la calle, tenía que dejarlo después de releer varias veces el mismo párrafo.
Esa noche sin embargo, me sentía algo más animado, hasta tal punto que me costaba conciliar el sueño. Durante la tarde me había sorprendido varias veces sonriendo sin motivo aparente.
El día amaneció nublado como de costumbre, el mismo gris melancólico de cada mañana, pero por la tarde, después de comer, unos rayos de sol comenzaron a abrirse camino tímidamente entre las nubes, creando un efecto cuanto menos curioso. Daba la impresión de que una especie de brazo descendía del cielo y se posaba gradualmente en el suelo, rodeando el banco del parque donde se encontraba sentada mi despreciable vecina. Era un banco de madera muy viejo y gastado, que habían colocado al borde del camino que subía en zigzag por la colina desde la puerta de atrás de la iglesia hasta la parte trasera de mi edificio. Y allí estaba ella con sus zapatos relucientes y sus ciento veinte kilos de peso que forzaban la corroída madera humedecida hasta límites insospechados. Como de costumbre llevaba el pelo embadurnado de cera para mantenerlo medianamente peinado y parecía ausente de este mundo mientras leía su pequeña Biblia evangelista.
Yo miraba por la ventana, todo se veía en blanco y negro: los edificios que dibujaban el horizonte, los pocos coches destartalados aparcados a lo lejos y las copas de los árboles parecían grises metalizadas más que verdes. Tenía ante mí una postal tridimensional en tonos grisáceos que lo envolvía todo, salvo el círculo de no más de dos metros de diámetro, que iluminado por el sol rodeaba a mi vecina. Sus pantalones rojos cortados unos milímetros por debajo de la rodilla, su camiseta naranja con estampado floral y el negro azabache de su piel resaltaban por encima de todo lo demás. Por unos instantes deseé que Dios, en el que nunca había creído, alargara su mano, la agarrara con fuerza por el cuello y me librara de ella. Estaba dispuesto a ofrecerle todos mis respetos de por vida, -en ese momento lo consideré un precio a pagar más que suficiente, si teníamos en cuenta el mal trabajo que había hecho creando esta pesadilla de planeta que se desmoronaba por momentos sobre mi cabeza y la de todos mis congéneres- si era capaz de levantar a semejante bola de sebo y llevársela a su lecho divino por toda la eternidad. Pero no sucedió nada… El sol terminó por iluminarlo todo, el mundo resplandecía. Me armé de valor y decidí acercarme a la biblioteca a por unos cuantos cedés de música clásica que me ayudaran a levantar mi ánimo. Me apetecía algo de Grieg.
Me sentía realmente bien. Me duché. Me afeité y hasta pasé un rato intentado decidir qué ropa ponerme. En las últimas semanas no me había cambiado ni la camiseta, tampoco salí de casa, salvo para acercarme al newsagent a robar algo de leche antes de que abriesen, y no me pareció necesario, o no me apeteció. Pero esa tarde el viento parecía soplar a mi favor.
Bajé los escalones de dos en dos mientras silbaba no sé qué melodía pegadiza en tonos menores. Rodeé el edificio cruzando por el aparcamiento para evitar pasar por la puerta del newsagent, sólo por si las moscas. Siempre me aseguraba de que nadie me viese coger las botellas de leche, pero nunca se sabe, y preferí no tentar a la suerte.
Mientras atravesaba el parking me asomé por encima de los setos para ver si Dios había cambiado de idea y había decidido abducir a mi enorme vecina, pero por lo visto seguía cansado después de sus seis y únicos días de trabajo, y decidió no mover ni un dedo, o si realmente lo intentó, no lo consiguió. No lo culpo. Allí seguían los ciento veinte kilos de vecina exactamente en la misma posición en la que la vi la última vez desde mi ventana.
Era la primera vez en bastantes semanas que abandonaba la urbanización, no tenía ni un céntimo y no me quedaba más remedio que bajar caminando hasta la biblioteca. No estaba demasiado lejos, pero el único ejercicio físico que había hecho en los últimos meses consistía en correr desde la ventana del salón de mi apartamento dúplex, hasta la ventana de la cocina, a la hora en que el concorde atravesaba Londres de este a oeste, para así poder verlo durante más tiempo. Si hubiese tenido algo de dinero habría bajado en bus.
Caminaba calle abajo dejando que el sol acariciara mi piel y sintiendo como cada minuto que pasaba el día mejoraba más y más. Al pasar a la altura de la clínica veterinaria, observé que olvidaron llevarse el pan que colgaba de la puerta del jardín de entrada. Lo cogí y me lo fui comiendo.
Noté que algo me golpeaba en la nuca suavemente, giré la cabeza con la intención de averiguar que podía haber sido, y me encontré con tres colegialas perfectamente uniformadas, con zapatos negros, calcetines azul marino hasta las rodillas, falda a cuadros escocesa, polo blanco, rebeca azul marino y carpeta en mano. No tenían más de quince añitos, -unas perfectas Lolitas pensaría Nabokov- que reían sin parar mientras se hablaban entre ellas al oído. La más bajita de las tres parecía bastante ruborizada, dos incipientes coloretes asomaban en sus blanquísimas mejillas llenas de pecas, mientras las otras dos, algo más altas que ella, le empujaban en mi dirección y se reían aún más.
- ¡Me temo que esa barra de pan que acaba de coger de ahí no es suya, señor!-. Gritó la más alta de las tres.
- Soy el ayudante del veterinario, jovencita, y he venido a recogerla porque a mi jefe se le ha olvidado. -Le dije, intentando justificar mi acción.
- Mi papá es el veterinario, caballero. Su ayudante es la señorita Bárbara y usted no se parece demasiado a ella. Entre otras cosas porque usted es blanco y ella es negra, además de ser mujer. Cada día, después de clase, vengo a por el pan porque mi papá cierra la clínica antes de que el panadero pase por esta calle y a mí me coge de paso. -Respondió ella mientras me miraba fijamente a los ojos.
La pequeña pícara me acababa de pillar con las manos en la masa, sabía demasiado y yo sólo deseaba que una sima se abriese bajo sus pies y la tierra la engullese.
Necesitaba decir algo inteligente que de una vez por todas acabase con el ingenio de la pequeña cerebrito. No era posible que alguien a quien doblaba en edad me estuviera ridiculizando de esa manera.
- ¿Queréis un helado, niñas? –Pregunté- ¡Menuda idiotez!
- Con mucho gusto nos tomaríamos uno, pero no nos permiten aceptar nada de desconocidos. Si realmente tiene tanto interés y teme que este calor pueda deshidratarnos, aceptaríamos de muy buena gana su dinero, y ya nos encargamos nosotras de comprarlo, señor. -Respondió mi pequeña verdugo disfrazada de colegiala, recalcando con ironía en la expresión de su cara el sustantivo.
- ¡Menuda pájara! -Pensé en voz alta, mientras un cosquilleo me subía por la columna vertebral haciendo que las rodillas me temblaran. Definitivamente estaba perdiendo facultades. Acababa de ser noqueado por un peso pluma.
- ¿Menuda qué? -Preguntó la que parecía ser la cabecilla y encargada de destrozar mi ego recientemente recuperado.
- Claro que siempre podría invertir ese dinero, suponiendo que lo tenga, en comprar su propio pan y devolverme el mío, así mi familia no lo echaría en falta y a mí no me regañarían. -Continuó hablando la pequeña pícara sin ni siquiera darme tiempo a reaccionar.
A esas alturas mi visión se había nublado. Dijeron algo que en mi cabeza sonó como un disco de vinilo que por equivocación se pone a treinta y tres revoluciones en lugar de a cuarenta y cinco. En ese momento me preguntaba mentalmente por qué no tendría quince años menos. Y antes de que pudiera abrir la boca para soltar Dios sabe qué estupidez, una de las dos que parecían mayores me lanzo un beso y las tres desaparecieron corriendo entre los coches, calle arriba.
El cielo comenzó a tornarse gris, exactamente de la misma tonalidad en la que se encontraba mi autoestima últimamente. Me detuve por unos instantes considerando la posibilidad de volver a casa y posponer mi visita a la biblioteca, pero decidí continuar. Ya no me podía sorprender qué me depararía el resto del camino. ¿Qué más me podría pasar? Me froté los ojos mientras bostezaba, y cuando levanté la cabeza para continuar caminando, ya era demasiado tarde para desaparecer de allí, él estaba a tres metros escasos de donde me encontraba. La última persona con la que me apetecía hablar (en este mundo) se dirigía sonriendo hacía mí: Mi vecino Earl. Vivía en mi misma planta, tres puertas después de la mía. En alguna ocasión, muy a mi pesar, se había hecho cargo de mí, y creo que por esa razón se tomaba demasiada libertad conmigo.
Tenía alrededor de cuarenta y cinco años, aunque aparentaba bastantes menos. Había nacido en Jamaica, pero debido a la escasez de recursos económicos de su familia para darle una buena educación, cuando cumplió tres años lo enviaron a vivir con su tío materno a Londres, y según me contó, nunca más volvió a su tierra natal porque sus padres se desentendieron de él al poco de haber llegado a Inglaterra, y fue su tío quien lo crió. Desde muy niño estudió música y danza, llegando a formar parte del ballet nacional. Gracias a esto tuvo la oportunidad de viajar por todo el mundo. Era extremadamente culto y siempre tenía alguna buena historia que contar. A los veintitrés años -para sorpresa de todos los que le conocían- y cuando se encontraba en lo más alto de su carrera como bailarín, decidió renunciar a la danza y dedicarse en cuerpo y alma a tocar el saxo. Su tío y tutor era profesor de música y desde el momento en que se quedó a cargo de él le empezó a transmitir, sin ni siquiera ser consciente de ello, su amor por el jazz. Los primeros años no dejó de tocar. Comenzó con una banda de Brixton de unos conocidos, pero al poco tiempo empezó a componer y formó la suya propia. A los nueve meses ya habían tocado en todos los locales de la ciudad. Después de Londres, vino el resto de Inglaterra. Luego recorrieron Europa, ciudad a ciudad, y entre una actuación y otra aprovechaban para ir grabando lo que sería su primer disco. Sólo se editó en vinilo. Antes de firmar el contrato con la discográfica, él acordó con ellos que su música sólo podría editarse en ese formato. Nadie puso ningún impedimento, nunca lo hacían. Funcionó mejor de lo que cualquiera de ellos podía esperar. Casi se hicieron ricos, pero entonces, Earl se enamoró de una de las coristas que le acompañaban en la gira y al volver a Londres se casaron. Éste fue el comienzo de su descenso a los infiernos. Cuando nació su segundo hijo tuvo que dejar la banda, y se convirtió en uno de los músicos de estudio más cotizados del país. Su música se convirtió en el único pilar de su economía. Le esclavizó por completo. Tocaba para quien lo contrataba y como le pedían que lo hiciese. De pronto un día, su música dejó de fluir, le costaba hacer sonar su saxo y ya no hablaba a través de él. Su alma murió. Al poco tiempo ya no le quedaba absolutamente nada. El crack lo había consumido. Intentó en repetidas ocasiones cortarse las venas con un cedé recopilatorio de sus grandes éxitos que la discográfica había editado después de la desaparición de la banda, pero nunca lo consiguió.
Éste último era el Earl que yo había conocido. La persona menos indicada con la que alternar, teniendo en cuenta mi situación.
Lo miré con cierta tristeza mientras se acercaba.
- ¿Hey brother, has vuelto? -Me preguntó mientras sonreía y me mostraba sus dientes ennegrecidos por el caballo y el crack.
En un principio no entendí su pregunta pero entonces llegué a la conclusión de que, como era la primera vez en meses que salía de mi casa a la luz del día, debió pensar que había estado de viaje o algo así.
- Realmente no, soy un holograma con mucha prisa que ha venido a estudiar vuestro planeta, pero que ahora tiene que irse cuanto antes.- Contesté mientras lo rodeaba rápidamente por su derecha con la intención de desaparecer de allí.
Rió sonoramente y me cogió por el hombro antes de que pudiera dar ni un paso más.
Yo odiaba que riera así porque jamás había visto una sonrisa tan sincera y tan llena de felicidad, y no comprendía como alguien en las condiciones en las que él se encontraba, podía sentirse tan en armonía con el mundo, mientras yo me moría de asco.
- Tengo algo para ti. -Dijo mientras sacaba una pequeña maleta de terciopelo negro del interior de una bolsa de basura.
- ¿Algo para mí?
- Sí, hermano, algo para ti, y algo que te va a costar muy poco dinero -explicó mientras abría la maleta-, un clarinete nuevo, a estrenar. Ni siquiera lo han sacado de su maletín.
- ¿Me estás tomando el pelo, Earl? ¿un clarinete?
- Sí joder, un clarinete, como el de Woody Allen pero fabricado en Inglaterra, ¿es que nunca has visto uno? ¿o es que tienes algún tipo de problema con los productos anglosajones? ¿y podrías hacer el favor de dejar de repetir todo lo que digo? Me estás poniendo de los nervios.
- ¿Qué yo te estoy poniendo a ti de los nervios?
- Sí, tío, ¿es que no te escuchas?, pareces una puta cacatúa. -Se dirigió a mí en un tono amenazante esta vez.
Nunca lo había visto de esa manera, solía ser muy tranquilo e inalterable, pero yo no me iba a dejar amedrentar. Evidentemente estaba de mono, -El sudor de su frente y la torpeza y el nerviosismo de sus movimientos lo delataban-. Y yo no estaba dispuesto a que me chuleara.
- Escúchame Earl, ¿por qué no terminas de montar el jodido clarinete y te lo metes por el culo a ver si así te calmas de una puñetera vez? -Le dije sin saber bien cómo reaccionaría.
Se llevó las manos a la cara y se apoyó contra la parte trasera de un Ford rojo que estaba aparcado a su lado.
- Perdona hombre, no era mi intención molestarte, pero es que estos días han sido una verdadera pesadilla. Mi ex mujer no me ha dejado ver a los niños en las dos últimas semanas, y claro, quién la culpa… Si es que da pena verme. Yo haría lo mismo en su lugar, y eso es lo que más me molesta. Creo que ya he tocado fondo.
Me acompañó hasta la puerta de la biblioteca y luego desapareció con su bolsa de basura al hombro. Hacía nueve meses que lo conocía, y en todo ese tiempo no lo había visto cambiarse de ropa ni una sola vez. Lloviese o nevase, siempre iba con los mismos pantalones vaqueros hechos jirones y con la misma camiseta de “Star Wars” dos tallas más pequeña. Jamás se ponía chaqueta, y siempre utilizaba chanclas.
Gritó mi nombre desde el otro lado de la carretera y cuando me di la vuelta me dijo que no olvidara ser feliz, que era gratis. No lo volví a ver.
Felicidad. ¿Qué cojones será eso? Había momentos en los que mi cerebro parecía desconectarse de la realidad en la que me encontraba, y escapaba a una dimensión paralela donde todo era como yo quería que fuese: un estado mental en standby donde no tenía necesidad de ser. Caminaba como un autómata, sin pensar pero sintiendo, sin prestar atención pero observando. Podía identificar con facilidad los diferentes olores que me rodeaban. Cada fachada era la entrada secreta a un pequeño microcosmos al que yo no tenía acceso. Cada jardín era un diminuto universo salpicado por miles de estrellas de distintos colores. Podía eliminar los sonidos que me molestaban y crear música en mi cabeza. Perdía por completo la noción del tiempo y el espacio. Era como deslizarse a unos centímetros del suelo. Me dejaba llevar por la corriente que casual o causalmente siempre me arrastraba a donde yo necesitaba ir.
De un salto entré en el autobús que iba hacia mi casa. El conductor cerró las puertas, metió primera y prosiguió con su ruta. Yo estaba a su lado fingiendo que buscaba la travelcard dentro de mi bolsa. En la siguiente parada no había nadie esperando y no se detuvo. Debido a su aspecto despreocupado, supuse que no se sorprendería demasiado cuando le dijese que me había olvidado la travelcard y que me tenía que bajar. Así fue, ni siquiera me miró, asintió con la cabeza mientras sonreía levemente, como el que se alegra de que empiece a lloviznar en un caluroso día de verano. Noté que me estuvo vigilando por el espejo retrovisor hasta que me bajé.
Cuando llegué a mi apartamento casi había oscurecido. Puse uno de los cedés que acababa de sacar de la biblioteca y me tiré en el sofá, pensando en lo que Earl me gritó al despedirse de mí esa tarde.
Me despertó el sonido de sirenas y el bisbiseo de gente atravesando los pasillos del edificio. No debían de ser más de las nueve de la mañana, porque el sol aún no daba en mi balcón. Subí a la cocina y me serví un vaso de leche. Le unté un poco de mantequilla de cacahuete con un color verde algo sospechoso, que encontré en la alacena, al pedazo de pan que me sobró de la tarde anterior, y me asomé a la ventana para averiguar a qué se debía semejante tumulto.
Cerca de la puerta de atrás de la iglesia había aparcada una ambulancia y varios coches de policía. Unos enfermeros subían por el camino en zigzag que llevaba hasta el banquito donde la titánica de mi vecina descansaba en paz, exactamente en la misma posición en la que yo la había visto pasar todo el día anterior. Pensé por un momento que al final Dios escuchó mis plegarias y le dio a la señora morsa su merecido. Estaba en deuda con él. Le brindaría mis respetos de por vida, pero ahora iba a dormir un rato más. Me tumbé en la cama con una extraña sensación entre gozo y consternación. A partir de ahora, debería tener un poco más de cuidado cada vez que solicitase su ayuda, y sobre todo, qué le prometía a cambio de su trabajo. Menos mal que sólo le ofrecí mis respetos de por vida, y no mi alma, o irme a África de misiones por unos años.

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