Esta novela relata las andanzas de un perdedor entrañable que a grandes rasgos podrías ser tú. Es la hilarante huida de un naufrago de su propia existencia. Un divertido y tierno viaje a través de sus pequeñas miserias y desesperados intentos de no sucumbir ante su irreprimible tendencia a meter la pata una y otra vez. Nos conduce con ironía y suavidad a través de esa parte de nosotros de la que tratamos de huir y que siempre acaba metiéndonos en líos, a golpe de carcajadas, sorpresas y giros inesperados, convirtiendo la vivencia del caos en un encantador y atractivo episodio.
Encontrarás acontecimientos surrealistas con los que te sentirás identificado, y otros en los que casi desearías ser tú ese pobre diablo por el que habitualmente no darías un céntimo. Tendrás la oportunidad de mirar a través de un cristal que transfigura la tragedia en comedia, convirtiendo lo peor que te puede pasar en una aventura con la que reírse y disfrutar. Recorrerás el camino de un bufón que no se rinde ante su propio destino.

Fotografía: Emilio Baldomero y Ana Lía Miguéliz

Fotografía: Emilio Baldomero y Ana Lía Miguéliz

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Capítulo 5
Granujas de medio pelo.



En ese momento y después de lo acontecido los últimos días la ciudad no me asqueaba tanto, pero quería pasar el resto del verano en Granada. Estaba convencido de que la compañía de mi familia no iba a solucionar mis problemas, pero sabía que unas semanas bajo los cuidados de mi santa madre me ayudarían a despejarme y me permitirían ver las cosas desde otra perspectiva. El problema era que, con lo que me había prestado Carlos, me llegaba justo para pagar el billete de avión a Málaga, eso contando con que tuviera suerte y encontrase alguna buena oferta de última hora.
Pasé un buen rato intentando encontrar una solución. Descarté pedir un nuevo préstamo a alguno de los amigos que aún no se habían marchado de vacaciones, por la sencilla razón de que estaban a punto de irse, y aún sabiendo que más de uno me habría dejado el dinero sin ningún tipo de reparo, no me parecía justo que pudieran llegar a privarse de algo por mi culpa.
Tras bastantes minutos devanándome los sesos, me acordé de Joaquín, un vividor bohemio amigo de Mónica que había conocido hacía meses y con el que acabé llevándome muy bien. Él mismo me contó, el día de mi boda, su viaje por Europa utilizando billetes de tren falsificados, y a la vista de que no se me ocurría nada mejor, decidí hacerle una visita.
Llegué sobre las cuatro de la tarde. Estuve llamando un rato pero nadie contestó. Me pareció extraño porque vivía en una casa ocupa de tres plantas, acompañado por bastante gente y raro era el día que se quedaba vacía.
Cuando me disponía a marcharme se asomó a la ventana del segundo piso una punk que por las dimensiones de su nariz sospeché que era italiana. Le pregunté por Joaquín, y me dijo que estaba pintando el suelo de la buhardilla. Bajó y me abrió la puerta. Su cara me resultó muy familiar pero no conseguí averiguar de qué la conocía, supuse que habríamos coincidido en algunas de las fiestas a las que asistí en esa casa. Me hizo entrar, me indicó el camino a seguir y se fue al jardín trasero a través de la cocina. Subí las escaleras sin demasiado ímpetu. La casa había cambiado mucho desde la última vez que estuve allí. Ahora no parecía una casa ocupa, más bien parecía una casa de estudiantes de arte o un club social.
Joaquín se alegró mucho de verme, más de lo que yo podía esperar. Preguntó qué dónde había estado metido todo ese tiempo. Yo no tenía demasiadas ganas de entrar en detalles por el momento, así que le dije que no había hecho nada especial, que había estado en casa. Él estaba pintando el suelo. Tenía seis latas de pintura de diferentes colores a su lado, y se dedicaba a mojar la brocha en ellas de forma aleatoria y a salpicar a su alrededor. El efecto era como de haber pintado las paredes cientos de veces sin preocuparse por tapar el suelo, y todo estaba lleno de salpicaduras. Directamente y sin más dilación le dije que necesitaba unas vacaciones urgentemente y que andaba escaso de efectivo. Metió la brocha en una de las latas, se levantó pisoteándolo todo sin importarle demasiado que la pintura estuviera todavía fresca, y me dijo que le esperara en el salón, que iba a coger algo de ropa y que nos iríamos enseguida. Antes de que pudiera reaccionar desapareció escaleras abajo.
Me fui al salón y me senté en un sofá de mimbre que había junto a la ventana. Mientras le esperaba, la chica italiana vino a poner música. En una mano llevaba una pequeña calabaza negra, de las que se utilizan para beber yerba mate, con el borde reforzado de metal plateado y una bombilla arqueada, y en la otra un termo. Cuando lo acabó, cebó uno y sin decir nada me lo pasó con la mano derecha. Acepté a pesar del calor. Un mate caliente no era precisamente lo que me apetecía beber un viernes de finales de julio a esas horas de la tarde, pero a falta de pan…
A los pocos minutos Joaquín volvió con una pequeña mochila en la espalda y me dijo que nos íbamos. No sabía muy bien a qué se refería y le pregunté que adónde nos íbamos. Respondió que a Granada y echó a andar. Le di un sorbo al mate y le seguí. A pesar de haber sido testigo más de una vez de sus famosos arrebatos, me sorprendió que actuara de forma tan vehemente. Quise saber si no tenía intención de terminar de pintar el suelo, y respondió que ya se encargarían los demás, que en la casa vivía más gente y que ya estaba un poco harto de hacerlo todo él. Le dije que me vendría bien pasar antes por mi casa y coger algo de ropa para el viaje. Le pareció estupendo y me preguntó que si tenía algún inconveniente en pasar por Zaragoza, que le apetecía hacerle una visita a unos amigos. Contesté que en absoluto, que lo único que necesitaba era salir de Londres y dejar de pensar por una temporada.
Fue entonces cuando le empecé a contar cómo me había tratado la vida los últimos nueve meses. Casi habían pasado cuarenta minutos cuando me di cuenta de que no había parado de hablar en todo el camino y que Joaquín no había dicho ni una sola palabra. Decidí cerrar la boca y darle un respiro. Pasados unos minutos se ajustó las gafas de sol con el dedo y me empezó a narrar una fábula taoísta que trataba de explicar una filosofía que se basaba en la naturalidad y la espontaneidad. Me propuso no utilizar demasiado la razón durante el viaje, y tratar de actuar con el corazón. No sonaba mal, dejarme llevar era algo que se me daba de maravilla, pero mi corazón no estaba en condiciones como para tomar decisiones. Dejaríamos que fuese el suyo el que decidiese. El mío, simplemente, no estaba.
Paramos en una post office a comprar unos rotuladores que necesitábamos para falsificar los billetes de tren. Los pagó él. Después fuimos a comer a un restaurante japonés. También pagó el. Acepté la invitación de mala gana, y le dije que si íbamos a viajar juntos tendríamos que compartir los gastos. Le pareció justo y dijo que no pretendía molestarme. Yo acababa de traicionar nuestro acuerdo de no argumentar nada a través del cerebro, pero no pude evitarlo. Los dos nos disculpamos.
Mientras subí a mi apartamento a preparar un pequeño equipaje, él se acercó a la librería a comprar unas cosillas que necesitábamos. Me esforcé para no coger nada más que lo necesario, y aún así, cuando tenía la mochila preparada, me dio la impresión de que llevaba demasiadas cosas. Volví a sacarlo todo y lo puse sobre la cama para desechar lo innecesario. Me resultó difícil porque todo me parecía imprescindible, no estaba acostumbrado a viajar con tan poco equipaje, y al final dejé unas botas, un par de pantalones, dos libros y tres camisetas. El peso se aligeró bastante. Apagué el calentador, corté el gas, cerré las dos cerraduras de la puerta y me dirigí a la biblioteca donde habíamos quedado en encontrarnos.
Llegamos a la estación de Charing Cross y pasamos por la ventanilla donde teníamos que comprar los billetes, pero Joaquín dijo que sería mejor volver más tarde, que el señor que atendía al público en ese momento no nos convenía. Tendríamos que esperar a que llegase el chico joven que solía atender por las tardes. Nos sentamos en la cafetería y pedimos dos cervezas. Entonces me explicó que los billetes se hacían a mano, y que el señor mayor que acabábamos de ver apretaba demasiado el bolígrafo al hacerlos, lo cual dificultaba mucho las cosas a la hora de hacer las falsificaciones. De vez en cuando él se acercaba hasta la taquilla para ver si ya había llegado el chico joven. Ya nos habíamos tomado tres cervezas cuando llegó el turno de tarde. Compramos dos billetes de tren Londres-Calais (Francia) con el trayecto de Dover-Calais en ferry incluido. Nos costaron treinta y cinco libras esterlinas cada uno. Me contó que era el billete más barato que podíamos adquirir, y una vez dentro del ferry nos encargaríamos de la falsificación, que él me indicaría como hacerla.
A pesar de que faltaban más de veinticinco minutos para que saliese el tren decidimos irnos al andén y esperar allí. Estaba abierto, y le preguntamos a un revisor que si podíamos esperar dentro. Dijo que sí, que no había inconveniente. Nos sentamos en el último vagón y yo me fui quedando dormido. Joaquín me despertó en la estación de Dover.
Últimamente pasaba demasiado tiempo en la cama pero no descansaba bien, y en cuanto me acomodaba me quedaba adormilado con mucha facilidad. Cuando llegamos el ferry estaba preparado para zarpar y tuvimos que correr para no perderlo.
Ya en el interior y bastante más tranquilos nos fuimos directamente al restaurante y nos sentamos en una mesa en un extremo del salón. Pedimos algo de beber y unas ensaladas. A mí me apetecía una hamburguesa completa con mucha mostaza, pero como Joaquín era vegetariano me conformé con la ensalada. No tenía ganas de que me sermonearan por culpa de un pedazo grasiento de carne. Cuando terminamos de comer y viendo que el camarero no aparecía, despejamos la mesa pasando los platos a la de al lado.
Una vez comidos y bebidos procedimos con la falsificación. Como alguien que considera que el mundo está en deuda con él, y que no tiene por qué dar ningún tipo de explicaciones a nadie, comenzó a sacar todo lo necesario del interior de la mochila sin importarle que nos mirasen, y lo colocó muy ordenadamente sobre la mesa. Ahora parecía el pupitre de un aula escolar. El primer paso consistía en fijar el billete de tren con la cinta adhesiva a la mesa. Después teníamos que colocar el papel cebolla encima del billete y pegar las cuatro esquinas para que no se moviera. Seguidamente lo calcaríamos en el papel cebolla, recorrido, precio etc. Una vez calcado despegamos las esquinas inferiores de la lámina de papel cebolla y lo echamos hacía arriba. Entonces me pasó uno de los rotuladores. Tenía dos puntas, por un extremo era azul y por el otro blanco. Los destapamos por la parte blanca y me dijo que fuese repasando las letras de la palabra Calais de la casilla de recorrido, dejando secar por unos momentos entre cada dos o tres pasadas, para evitar que se humedeciera demasiado y pudiese llegar a romperse. Al cabo de unos minutos las letras se empezaron a clarear progresivamente hasta su completa desaparición. Tenías que fijarte muy bien para poder notar que en el espacio en blanco que ahora había a continuación de Londres, antes había puesto Calais.
Mientras se secaba del todo, Joaquín se acercó a la barra a por un par de cervezas. Yo me sentía como un delincuente de pacotilla en su primera fechoría importante. No podía evitar pensar en cómo me sentiría al llegar a Granada con un billete falsificado. Empezaba a imaginarme como un verdadero triunfador. Desde mi más tierna infancia había aprendido a ponerme el listón lo suficientemente alto como para pasar por debajo de él sin dificultad, y consideraba que lograr esto sería toda una proeza. Nos bebimos las cervezas tranquilamente, y me explicó cómo continuar. Una vez seco, colocamos encima del billete de tren la hoja de papel de calco y bajamos con cuidado la lámina de papel cebolla hasta su posición anterior. Utilizando el calco del billete original, me pidió que con la punta azul del rotulador, y aprovechando la silueta de Calais, escribiera Granada, y que al treinta y cinco del precio le añadiese un cuatro delante. Ya estaba listo, me dijo que lo podía mirar. Él, al contrario que yo, estaba muy relajado. Yo no podía evitar sentirme algo nervioso. Cuando despegué la lámina de papel cebolla de la mesa y levanté la de calco, pude descubrir una falsificación perfecta de un billete Londres-Granada. Aparte de las notas del instituto yo jamás había falsificado nada, y ver el resultado me hizo enorgullecerme.
Casi había oscurecido cuando el ferry atracó. Buscamos la parada de autobús que nos llevaba a la estación de tren de Guînes. No había nadie dentro del bus, pero la puerta delantera estaba abierta. Esperamos unos minutos mientras fumábamos un cigarro sentados en un banco de la plaza. Viendo que no aparecía nadie fuimos a dar una vuelta a ver si encontrábamos algún bar donde comer algo. Después de un buen rato caminando sin saber muy bien hacia donde nos dirigíamos, encontramos una tienda muy pequeña. Parecía el salón de una casa particular transformado en un diminuto almacén para abastecer las necesidades de los vecinos de las casas de alrededor, y así sacar un extra mensual. Tenía un pequeño mueble de televisor sin la parte de arriba que hacía las veces de mostrador, unas cuantas repisas de madera en la pared, dos estantes para libros que hacían de expositores, y al fondo, en la parte derecha de la habitación, un pequeño comedor compuesto por dos mesas con mantel a cuadros blancos y azules. Pregunté a la anciana que miraba la televisión detrás del mueble-mostrador, en un francés muy básico, que si podíamos comer alguna cosa. Por sus gestos dedujimos que sí. Nos acompañó hasta la primera de las mesas y nos sugirió unos hojaldres caseros rellenos de espinacas para empezar, o eso es lo que yo entendí, resultó que se trataba de una empanada de pisto. Nos la comimos acompañada de un vino del lugar bastante bueno. Después nos sirvió “Ratatouille”, que era una especie de potaje que sació nuestro apetito por completo. Nos cobró muy barato y nos pudimos permitir dejarle una sustancial propina que ella nos agradeció obsequiándonos con un bote de cristal lleno de deliciosos Marrons Glacés caseros.
Nos despedimos de la anciana y nos fuimos hacia el autobús. Ya empezaba a haber más locales abiertos y no pudimos resistir la tentación de tomar otro vinillo del lugar en alguno de ellos. Entramos en un mesón y pedimos una botellita. Había poca gente, pero al cabo de unos minutos empezaron a llegar lugareños.
Estábamos jugando una partida de ajedrez, ajenos a lo que sucedía dentro del mesón, cuando un joven se acercó a nuestra mesa y nos preguntó si podía sentarse. Nos explicó que por allí pasaba mucha gente, pero que normalmente se iban directos al bus y desaparecían como habían llegado, por eso le había sorprendido vernos sentados en el bar jugando al ajedrez. Se sentó con nosotros a beber un rato. Le contamos quiénes éramos, de dónde veníamos y adonde íbamos. Nos transmitió bastante confianza, y acabamos contándole nuestra intención de llegar a Granada con los billetes falsos. El delicioso vino consiguió que una extraña sensación de exaltada amistad nos conquistara a los tres, y acabamos en su coche dirección a una “rave” que se celebraba en un bosque cercano entre Ardres y Licques.
Durante una parte del trayecto me empecé a preocupar por si habíamos hecho mal subiéndonos al auto de ese tipo ebrios como estábamos. Realmente no lo conocíamos de nada, y allí nos encontrábamos Joaquín y yo en su coche, adentrándonos a través de un camino de tierra al interior de un bosque que no conocíamos. Sólo se veía la parte de la carretera que las luces del coche iluminaban. Le pregunté al tipo que dónde estábamos y si faltaba mucho hasta el lugar en el que se celebraba la rave. Contestó que estábamos bastante cerca, pero yo no conseguía ver nada que sugiriese que por allí se estuviera celebrando alguna fiesta. Continuamos la marcha a través del bosque. Aún tuvimos que recorrer unos kilómetros más para empezar a ver luces y escuchar el ritmo machacón de la música electrónica. Fuimos adelantando a pequeños grupos de gente que se dirigían hacia allí, y sólo entonces me empecé a relajar.
Debido a la cantidad de coches que había tuvimos que aparcar lejos de la entrada y fuimos caminando mientras Flo, el tipo francés, nos hablaba sobre quién pinchaba y el resto de los espectáculos programados para esa noche. Nos dio unas pulseras naranja fluorescente para que nos las colocáramos en las muñecas, y nos dijo que se las había pasado un amigo suyo que se encargaba del sonido. A mí me sonaba todo a chino. Joaquín sin embargo parecía enterarse, y conocía a bastantes de los que actuaban esa noche y las sucesivas.
Me sorprendió bastante el montaje. Para entrar había que pasar por debajo de una gran pirámide de cristal, yo esperaba la típica fiesta ilegal montada con pocos medios, sin ningún tipo de medidas higiénicas ni de seguridad, y ésta hasta tenía patrocinadores y su propio kiosco de coca cola.
Al llegar a la entrada comprobaron las pulseras y nos dejaron pasar. Una vez dentro, cientos de personas andaban en todas las direcciones. Me empecé a arrepentir por haber ido. Nunca me habían gustado demasiado las aglomeraciones, y para mi desgracia, el lugar estaba a rebosar. De cualquier manera ya era tarde para arrepentimientos. A Joaquín le entusiasmó la idea y yo cedí. Flo estaba muy interesado en ver la actuación de Simon Posford y su proyecto Shpongle, insistía en que teníamos que escucharlo. Por supuesto Joaquín sabía de quién se trataba y conocía su música, así que yo me dejé llevar por los entendidos en la materia.
Caminamos entre los árboles sorteando tiendas de campaña y grupos de gente que bebían sentados en el suelo. Aquello más que una rave parecía un festival en toda regla, y le tuve que preguntar a Flo si realmente se trataba de una rave. Dijo que sí. Mientras ellos dos hablaban yo me dediqué a la contemplación de aquel bello paraje invadido por un ejército de nocherniegos con ganas de pasarlo bien. Los árboles casi no te permitían ver el cielo. Joaquín se giró y me dio dos pequeñas pastillas de color azul para que me las comiese. Pregunté qué eran y él sólo contestó que así sentiría mejor la música. Confiaba en él como para tragármelas sin rechistar, y así lo hice.
Cuando finalmente llegamos al lugar del concierto, ya notaba mi temperatura corporal unos grados por encima de lo normal, y una sensación de bienestar que no me parecía nada natural, pero que agradecí una vez los gigantescos altavoces comenzaron a escupir vatios. Un tipo tocaba una flauta, que por el sonido me pareció que procedía de algún lugar de India, y otro al que casi no se le veía, se encargaba de los platos y sintetizadores.
Buscamos un hueco cerca de la mesa de sonido y nos sentamos en el suelo. Estaba sediento y me empezaba a costar trabajo controlar los movimientos de mi mandíbula. Me tumbé en el suelo de espaldas e intenté fijar la vista en el oscurecido cielo intentando identificar las diferentes constelaciones, pero me fue imposible. Sentía cómo la música salía de los gigantescos altavoces y directamente venía hacia donde yo me encontraba, me envolvía, paseaba por el interior de mi cerebro y se proyectaba hacia el exterior en todas las direcciones. Era una música bellísima. Todo a mi alrededor era bellísimo. Me alegré de estar allí en ese preciso momento. Flo y Joaquín me levantaron y comenzamos a bailar una danza tribal que toda la gente que nos rodeaba parecía conocer. De pronto dejé de ser yo y me convertí en música, en árboles, en estrellas, en aire… Con los ojos cerrados noté cómo mis pies se separaban lentamente del suelo y comenzaba a elevarme. Ascendí por encima de la gente haciendo círculos en espiral, y sin necesidad de un periodo de aprendizaje que me permitiese controlar mis movimientos, me lancé hacia lo alto, volé sobre las copas de los árboles, descendí de nuevo y planeé por encima de las cabezas que danzaban al ritmo de aquella bellísima música. Me podía ver desde arriba.

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