Esta novela relata las andanzas de un perdedor entrañable que a grandes rasgos podrías ser tú. Es la hilarante huida de un naufrago de su propia existencia. Un divertido y tierno viaje a través de sus pequeñas miserias y desesperados intentos de no sucumbir ante su irreprimible tendencia a meter la pata una y otra vez. Nos conduce con ironía y suavidad a través de esa parte de nosotros de la que tratamos de huir y que siempre acaba metiéndonos en líos, a golpe de carcajadas, sorpresas y giros inesperados, convirtiendo la vivencia del caos en un encantador y atractivo episodio.
Encontrarás acontecimientos surrealistas con los que te sentirás identificado, y otros en los que casi desearías ser tú ese pobre diablo por el que habitualmente no darías un céntimo. Tendrás la oportunidad de mirar a través de un cristal que transfigura la tragedia en comedia, convirtiendo lo peor que te puede pasar en una aventura con la que reírse y disfrutar. Recorrerás el camino de un bufón que no se rinde ante su propio destino.

Fotografía: Emilio Baldomero y Ana Lía Miguéliz

Fotografía: Emilio Baldomero y Ana Lía Miguéliz

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Capítulo 3
“Ella”, los olmos y las peras.



Desde pequeño me había negado a escribir en un diario mi morir de cada día, por lo cual, el que “Ella” me había regalado para celebrar no sé qué fecha “celebrable”, se mantenía en blanco sobre la silla que junto al futón, hacía de mesita de noche. Más de una vez había estado a punto de tirarlo, pero entonces, por alguna razón que aún desconozco, la mirada se me iba hacia la mesilla de taracea donde teníamos la radio. Meses atrás se le partió una pata, y solucionamos el problema colocándole debajo “Rayuela” de Cortázar. Y entonces decidía que en algún momento le encontraría alguna utilidad al diario.
“Ella” siempre quiso que le escribiera una carta, lo más extensa y detallada posible, explicándole qué sentía y cómo me imaginaba nuestro futuro. Un futuro que, todo sea dicho, yo jamás me había planteado. Pero a mí me aterraba que alguien pudiera llegar a saber qué era lo que realmente pasaba por mi cabeza, y no tenía ni la más mínima intención de intentar plasmar en papel algo que ni yo mismo podía entender. Por lo visto, casi desde el día en que nos conocimos, “Ella” comenzó a imaginarse una vida en común. Pero yo no era el tipo de persona que “Ella” pretendía que fuese. Lo intentaba con todas mis fuerzas, pero sin demasiado éxito.
Se quejaba constantemente de que nunca hablaba más de lo estrictamente necesario, de que jamás respondía a sus preguntas, unas preguntas que yo pocas veces conseguía comprender. No sé por qué estaba convencidísima de que sí sería capaz de escribirle cómo o qué sentía con respecto a nosotros dos. Y lo cierto es que en parte tenía razón.
Me resultaba bastante fácil sentarme en cualquier rincón de la casa con unos cuantos folios en blanco, un bolígrafo y algo para beber, y comenzar a divagar. Generalmente utilizaba la mesa de la cocina, porque me gustaba la vista panorámica que tenía de la ciudad desde allí, y me encantaba ver los aviones que constantemente sobrevolaban el cielo justo por encima del balcón de esa habitación. El problema era que no sabía o no podía escribir sobre lo que “Ella” me pedía que escribiese. Igual porque estaba seguro de que si en algún momento llegaba a averiguar lo que yo pensaba sobre mi futuro, le podría dar un soponcio o algo así. Y al final, inconscientemente terminaba escribiendo sobre cualquier cosa que se atravesara en mi cabeza: Las ardillas que se me acercaban en el parque para que les diera algo de comer, al principio algo desconfiadas pero que pasados los primeros minutos de incertidumbre, si no tenías cuidado te quitaban hasta los pantalones. ¿En qué pensarían esos graciosos animalillos cuando de pronto y sin venir a cuento giraban la cabeza hacía un lado, como si se hubieran olvidado algo, quedándose inmóviles durante unos segundos? O sobre los zorros que convivían con nosotros en nuestra vecindad, y que estaban volviendo locos a los del servicio de limpieza por los estropicios que hacían con la basura mientras trataban de conseguir el sustento alimenticio para sus zorrillos.
Debajo del calentador tenía una caja de zapatos donde guardaba todas las cartas convertidas en cuentos que nunca me atrevía a entregarle. A veces, cuando me disponía a guardar la última “carta-cuento” que escribía en la caja de zapatos, me daba la sensación de que alguien había estado husmeando por allí, y como no teníamos perro, por eliminación, “Ella” se convertía en la principal sospechosa. Pero nunca me dijo nada, y teniendo en cuenta que era propensa a montar zapatiestas por cualquier cosa, me sorprendía bastante el pensar que hubiera descubierto mi escondite y no me hubiese dicho nada.

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