Esta novela relata las andanzas de un perdedor entrañable que a grandes rasgos podrías ser tú. Es la hilarante huida de un naufrago de su propia existencia. Un divertido y tierno viaje a través de sus pequeñas miserias y desesperados intentos de no sucumbir ante su irreprimible tendencia a meter la pata una y otra vez. Nos conduce con ironía y suavidad a través de esa parte de nosotros de la que tratamos de huir y que siempre acaba metiéndonos en líos, a golpe de carcajadas, sorpresas y giros inesperados, convirtiendo la vivencia del caos en un encantador y atractivo episodio.
Encontrarás acontecimientos surrealistas con los que te sentirás identificado, y otros en los que casi desearías ser tú ese pobre diablo por el que habitualmente no darías un céntimo. Tendrás la oportunidad de mirar a través de un cristal que transfigura la tragedia en comedia, convirtiendo lo peor que te puede pasar en una aventura con la que reírse y disfrutar. Recorrerás el camino de un bufón que no se rinde ante su propio destino.

Fotografía: Emilio Baldomero y Ana Lía Miguéliz

Fotografía: Emilio Baldomero y Ana Lía Miguéliz

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Capítulo 1
Currículum Vitae.



Justo cuando estaba a punto de abrir la boca para morderla, el trozo de galleta humedecida se desprendió de la parte seca y cayó directamente en el centro de la taza, haciendo que el café me salpicara la camisa. Parecía un maldito dálmata y no tenía ninguna otra camisa presentable limpia, así que esa mañana tampoco podría acudir a la entrevista de trabajo. En los últimos meses había perdido las tres ofertas que la oficina de empleo me ofrecía, y todas desaprovechadas por razones ajenas a mi voluntad.
La primera vez hubo un corte de luz y la alarma del despertador eléctrico no llegó a sonar. Cuando me desperté ya era demasiado tarde para intentar llegar a tiempo hasta el lugar donde tenía la entrevista. De todas formas buscaban un diseñador gráfico y mis conocimientos eran muy básicos. Estaba convencido de que no tenía ni la más mínima opción de conseguir el trabajo, así que no me causó ningún tipo de trauma no presentarme, o al menos eso creo. La segunda vez sí estaba muy interesado en el trabajo. Una agencia de viajes buscaba un fotógrafo con posibilidad de desplazarse a diferentes ciudades de clima tropical para ir tomando las fotos que compondrían los catálogos del verano siguiente, y que se pudiera permitir pasar temporadas lejos de casa. Me ofrecían alejarme de mi asquerosa vida durante largos periodos de tiempo, y además de eso, con todos los gastos pagados, ¿qué más podía pedir?
Me preparé un portafolio lo más decente que pude. Debido a mi situación económica no me podía permitir hacer nuevas ampliaciones de mis fotos en papel fotográfico, y decidí hacer fotocopias a color tamaño A3. El resultado fue soberbio, tenía muy buen material. Para conseguir el dinero que necesitaba tuve que vender, muy a mi pesar, una edición de lujo en dos tomos del Ulises de James Joyce que había robado meses atrás para regalársela a May por su cumpleaños, pero que al final, no recuerdo bien por qué, mantuve en mi poder. A pesar del tiempo que pasó en la repisa junto a los demás libros, nunca llegué a leerla, pero me encantaba manosearla de vez en cuando, y desprenderme de ella me produjo una inmensa tristeza.
Me levanté muy temprano, con tiempo suficiente como para llegar caminando hasta la estación de tren de East Dulwich, que estaba a tres kilómetros de mi casa. Quería evitar por todos los medios pedirle dinero a “Ella”, la situación entre nosotros estaba demasiado tensa últimamente, así que opté por colarme en el tren, que resultaba bastante más fácil que hacerlo en el metro, y lo último que necesitaba en esos momentos era una multa por no pagar el billete del underground. “Ella” se hizo la dormida y ni siquiera me deseó suerte, pero tampoco me importó demasiado.
Cuando llegué a la estación no eran ni las nueve y la entrevista era a las diez y media. Llegar allí no me llevaría más de treinta y cinco minutos, sólo había siete paradas hasta la mía, así que tenía tiempo de sobra para desayunar. Entré en el primer supermercado que encontré, cogí un carrito, coloqué el portafolio en el asiento para niños, para tenerlo a la vista y no olvidarlo, y empecé a dar vueltas por los pasillos mientras iba echando dentro todo tipo de productos que encontraba a mi paso: alimenticios, de limpieza, para la higiene personal, bebidas, dulces… Muy tranquilamente, como el que no tiene nada que temer, abrí un paquete de barritas de cereales y un batido de fresa y me lo zampé. Pasé por la zona de la panadería y le pedí a la señorita un par de cruasanes rellenos de jamón y queso. Me atendió muy amablemente y me deseó un buen día, le di las gracias con mi mejor sonrisa y continué con mi compra mientras me comía los cruasanes acompañados por un zumo de frutas. Camino de la caja dejé los envoltorios vacíos en los estantes. Le di los buenos días a la cajera y fui colocando todo lo que llevaba en el carro en la cinta transportadora. A la hora de pagar, con expresión incómoda y sin dejar de buscar en mi bolsa, le dije a la señorita que me había olvidado la cartera en casa; que lo dejase todo donde estaba; que no tardaría en volver ni tres minutos; que vivía justo enfrente. Salí de allí y me fui directamente a la estación.
El tren se estaba acercando cuando llegué al andén. Me senté junto a la ventana y cerré los ojos. Sin llegar a dormirme fui contando las paradas, y cuando faltaban pocos minutos para la mía me levanté, me estiré un poco, y al ir a coger mi portafolio descubrí que ya no estaba allí. Salí del vagón justo cuando las puertas se estaban cerrando. Me apoyé contra la pared apretando la mandíbula con fuerza y con unas incontrolables ganas de llorar. La gente pasaba a mi lado, con sus trajes baratos de almacén y sus rictus inexpresivos, sin levantar la mirada del suelo y ajena a mi desgracia. Solo una muchachita muy joven se paró junto a mí para interesarse por mi estado. Me preguntó si me ocurría algo. Le dije que nada que no se pudiera solucionar, que probablemente la conjunción de los planetas se había propuesto echarme por tierra la existencia, pero que yo no me iba a rendir fácilmente. Le di las gracias, ella esbozó una sonrisa y se alejó dirección a las escaleras de salida. No entendía por qué me estaba pasando eso a mí, yo sólo intentaba salir del agujero en el que me encontraba como mejor podía, pero por alguna razón que se repetía una y otra vez, todo acababa torciéndose. Recordé algo que el tío de Earl solía decir: «You get what you give». Y me vino a la cabeza el delicioso desayuno gratuito de esa mañana. Me reí por no llorar, y a pesar de todo decidí ir a la entrevista y contar lo que me había pasado, a ver si así conseguía otra nueva entrevista y algo de tiempo para preparar un nuevo portafolio.
Llegué diez minutos antes de la hora. La recepcionista me indicó la planta y el despacho al que tenía que ir y me dijo que me sentase en la sala de espera donde estaban los otros candidatos, hasta que me llamaran. Subí por las escaleras para hacer tiempo y calmarme un poco más. Cuando abrí la puerta me encontré con más de setenta personas, todos con sus maravillosos portafolios especialmente preparados para la ocasión. Entonces fui consciente de lo crudo que lo tenía. Me llamaron el último, nadie llegó después de mí, así que me pareció justo. Me recibió un tipo de aproximadamente mi edad, muy simpático y agradable que me explicó detalladamente en qué consistiría el trabajo. Quiso saber qué edad tenía y de dónde era. Cuando le dije que de Granada, se entusiasmó. Primero me dijo que era el único español que se había presentado a la entrevista, y debido a que la mayor parte de las localizaciones eran en ciudades sudamericanas, el que yo hablase castellano e inglés me colocaba casi automáticamente el primero de la lista, y seguidamente me contó que sus dos últimos años de la carrera de Turismo los hizo en Granada. Durante más de treinta minutos me estuvo diciendo por donde salía a beber y a ligar con sus amigos de la facultad en Granada; a qué cine solía ir; por qué calles del Albaycín prefería pasear; sus librerías favoritas; sus parques y sus rincones secretos. Conocía Granada mejor que yo, y mientras él hablaba y hablaba, yo no podía evitar pensar que el trabajo era mío. Por fin mi suerte empezaba a cambiar.
Cuando terminó su paseo retrospectivo por Granada me pidió que le enseñara mis fotos. Entonces le conté lo que me había pasado y le pregunté si podía traerle un nuevo portafolio el día siguiente a primera hora. Me dijo que no era posible, que necesitaba tener un fotógrafo contratado a la una y treinta porque el jefe lo esperaba a esa hora en su despacho y no podía ser de otra manera. Le dije que intentaría volver a mi casa, coger algunas fotos, las mismas que traía en el portafolio y regresar, pero que la presentación no sería la misma. Contestó que no había problema, que la decisión la tomaba él, pero que no se podía arriesgar a contratar a alguien sin ni siquiera ver su trabajo.
Me despedí cordialmente y sin rencor, no me cabía duda que si hubiese dependido de él el trabajo hubiera sido mío.
Cuando salí de su despacho era la una menos tres minutos del mediodía, lo cual hacía que volver a mi casa, coger las fotos y regresar allí fuese físicamente imposible. Estuve cerca, otra vez sería.
Según atravesaba la sala de espera, como si de un acto reflejo se tratara, cogí el cenicero de cristal de encima de la mesa y me lo guardé en la bolsa.
Caminaba calle abajo dirección a la estación de tren pensando en cómo podría haber sido mi vida durante los próximos doce meses. Estaba jodido pero no me sentía del todo mal. Junto a la valla de madera que separaba la academia militar de alevines de la acera había un paquete de Marlboro de pie, le di una patada con la punta del zapato por la parte de abajo con la intención de bombearlo y colarlo dentro de la papelera que estaba un par de metros más adelante. Sabía que era un golpe difícil pero estaba convencido de que podía conseguirlo, pero ni por asomo fue así. Lo lancé a ras de suelo en la dirección contraria unos cincuenta centímetros más allá. Noté que pesaba demasiado para estar vacío, así que me agaché y lo cogí. Estaba casi entero, saqué uno, lo encendí y le di unas caladas mientras caminaba. Un vagabundo me pidió un cigarro al pasar por su lado, y sin saber por qué, saqué el paquete de mi bolsillo, me quedé con dos cigarros y le di el resto a él.
Estaba muy cerca de la estación de tren, y al pasar al lado de una papelera, cuál sería mi sorpresa cuando vi que dentro estaba mi portafolio. Lo examiné rápidamente y no lo habían ni tocado, estaba en perfecto estado. Por lo visto al caco no le interesaba el arte. Le pregunté la hora a una señora que salía de la estación y era la una y cuarto pasadas. Empecé a correr calle arriba sujetando el portafolio fuertemente bajo el brazo, respiraba con dificultad, el oxígeno no llegaba a mi cerebro y me sentía algo mareado, pero aún así, corrí como alma que lleva el diablo hasta llegar a la puerta del edificio donde había tenido la entrevista. No había hecho más que entrar cuando dos guardias de seguridad me redujeron en cuestión de segundos, y antes de que pudiera decir ni mu, me sacaron el cenicero de mi bolsa y me echaron de allí como a un vulgar delincuente.
Otra vez la había vuelto a cagar. Y todo por una mierda de cenicero de propaganda con el logotipo más hortera que había visto en años. Pero no me sorprendía ni lo más mínimo. ¿Qué se podía esperar de alguien que había hecho “El camino de Santiago” haciendo auto-stop?
A la vuelta pasé por casa de Neil y Sadie para contarles lo de la entrevista. Neil me dijo que al día siguiente se iban tres días de acampada a Escocia, e insistió -Yo lo conocía suficientemente bien como para saber que no se trataba de una simple oferta, sino de un súplica desesperada- para que me fuera con ellos, me dijo que un poco de compañía les vendría bien, además, en el coche había sitio de sobra. Ella lo miró con recelo, pero no dijo nada. Yo estaba al corriente de que ellos atravesaban una situación muy parecida a la mía, y que lo de la excursión no era más que una artimaña de Sadie para intentar demostrarle que aún estaban a tiempo de salvar la relación, pero los tres sabíamos perfectamente que si Neil aún estaba allí era porque le faltaba valor para mandarla a paseo. Sentí pena por ella porque sabía perfectamente como se sentía en esos momentos, yo me sentía igual, y era muy consciente de que los dos nos encontrábamos en desventaja con respecto a nuestras parejas. Pero él era mi amigo, lo había sido durante los últimos cinco años de mi vida, había sido mi guía en un país que no era el mío, de alguna manera se lo debía, ahora me tocaba a mí estar a su lado, y así lo iba a hacer. Así que acepté la invitación

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