Capítulo 4
Accidentes, tortilla de patatas y mis lagunas mentales.
Me llamaron Carlos y Mónica para decirme que ya habían vuelto de sus vacaciones en Colombia y que me esperaban para comer. Me hablaron del maravilloso postre recién importado que me tenían preparado. Me pareció buena idea y les dije que estaría en su casa sobre las dos. Bajé a la bodega, por llamarla de alguna manera, y cogí una botella de Chassagne Montracet para Mónica, que prefería el blanco, y otras dos de Imperial del 96 para Carlos y para mí.
Carlos era español, madrileño hasta la médula, del barrio del Pilar, y Mónica Colombiana. Ella se crió en Bogotá, pero juraría que no había nacido allí. Tenía unos rasgos indígenas muy marcados que la convertían en una de las mujeres más bellas que había visto jamás. Según mi hermana pequeña, Carlos era bastante más guapo que ella, y al igual que el resto de la gente que les conocíamos, pensaba que eran la pareja ideal. Ellos dos no parecían darse cuenta de eso.
El ascensor estaba fuera de servicio y tuve que bajar por las escaleras cargando con la bicicleta y la mochila. Pasé por la tienda para ver si me fiaban un paquete de tabaco.
Mientras esperaba ser atendido escuché la conversación que mantenían
dos de las inquilinas del edificio sobre la señora morsa. Por lo visto era asmática y aquel día, le decía una de las inquilinas a la otra, se olvidó en su casa el pequeño botiquín que siempre cargaba con ella, donde llevaba el inhalador, adrenalina y urbasón. La vieron abandonar la iglesia antes de que acabara la misa, y al pasar por su lado le preguntaron si le ocurría algo. Ella contestó que se encontraba un poco mareada y que iba a subir a su casa a por el inhalador. Por lo visto no le dio tiempo, y al llegar al banquito no pudo más y se sentó exhausta, con la mala suerte (no para mí, claro) de que no pasara absolutamente nadie por allí en todo el día. Me alivió un poco descubrir que Dios no tuvo nada que ver con su muerte, por lo cual, ya no estaba en deuda con él.
Bajé por Overhill road y al girar a la derecha en Lordship lane me encontré con un coche familiar que venía tocando el claxon por mi carril, me aparté a un lado rápidamente -mientras le enseñaba el dedo corazón al conductor- para no ser atropellado. Era domingo y casi no había tráfico. De pronto vi que un autobús se dirigía a mí, también por mi carril y sin demasiada intención de apartarse, obligándome a salirme de la calzada. ¡Menuda panda de idiotas!, pensé, como está la gente de esta ciudad el fin de semana, pero entonces me di cuenta de que era yo el que estaba circulando en dirección contraria. Por unos instantes me olvidé de que vivía en Londres y que tanto allí como en el resto de Inglaterra se circula por la izquierda. Ya en el lado correcto de la carretera continué la marcha muy tranquilamente bajando por Court Lane, giré en Turney road y llegué hasta Rosendale road que me llevaba directamente a Brodwell park. Me subí a la acera aprovechando que no venía nadie, para ver si había alguien conocido en el parque, pero no reconocí a ninguno de los que allí se encontraban. A unos diez metros por delante de mí caminaba una joven de unos treinta años, de aspecto deliberadamente descuidado y con dredloxs en la cabeza. Al cruzarse conmigo me saludó como si me conociese, pero a mí no me sonaba su cara de nada. La saludé con la mano y continué pedaleando mientras la seguía con la mirada, en ese momento choqué contra una farola. El manillar se giró a la izquierda, la rueda de atrás se levantó haciendo que la bicicleta casi quedara en posición vertical, y yo salí volando por encima, cayendo de boca al suelo, un metro y medio más adelante. Me disloqué la muñeca izquierda y me arañé la mejilla, pero gracias a haber caído bocabajo, al vino que estaba dentro de la mochila no le pasó nada. La chica se acercó corriendo a ayudarme. Me preguntó si me encontraba bien y le dije que sí, que no había sido nada. Mientras me ayudaba a levantarme, ya sonriendo un poco y después de comprobar que no tenía nada roto, me dijo que siempre que nos veíamos yo estaba metido en problemas, y me recordó la primera vez que nos vimos, unas calles más abajo de donde nos encontrábamos en ese momento. Al decirme eso me acordé de ella y de nuestro primer encuentro. Fue el día de mi boda…
«Salíamos de los juzgados. La ceremonia acababa de terminar y nosotros íbamos delante de una larga comitiva de invitados que nos seguían a mi apartamento, donde se iba a celebrar el banquete psicotrópico. Yo le indicaba a Carlos el camino más corto cuando equivoqué las direcciones obligándole a dar un volantazo para retomar el recorrido original, con la mala suerte de que en ese momento pasaba a nuestro lado una ciclista a la que acabamos atropellando. La pierna se le empotró entre el neumático y el chasis. Yo, más que por el estado de salud de la joven, estaba preocupado por las ciento veinte pastillas de éxtasis que llevaba en la talega de mi traje de Marco Polo y los más de sesenta huevos de hachís que Carlos acababa de traer de Marruecos, y sólo se me ocurría decirle a Mónica que se metiese las bolsitas donde pudiera porque la policía estaba a punto de llegar, y no me apetecía en absoluto, pasar mi luna de miel en una celda. La gente que pasaba por allí se acercó a ver lo que sucedía. Todos los invitados salieron de los coches para echar una mano y de pronto la accidentada se vio rodeada por unas noventa personas, todas ellas disfrazadas. Yo miraba su horrorizado gesto intentando imaginar qué pasaría por su mente en esos momentos. Antes de que llegara la ambulancia y la policía conseguimos sacarle la pierna de allí desinflando la rueda. La tumbamos en la acera y la tapamos con una capa negra de mosquetero de uno de los invitados. Para haberse visto la pierna girada casi noventa grados, lo llevaba bastante bien. Mientras nos organizamos, Gato le contó que nos acabábamos de casar y que entre todos decidimos celebrar una boda de disfraces. Le pareció una idea muy original y se olvidó momentáneamente del estado en el que se encontraba su extremidad inferior.
A los pocos minutos llegó la ambulancia y un coche patrulla. Resultó que ella estaba adelantando por el centro de la calzada, y nosotros nos vimos obligados a modificar la trayectoria del vehículo debido a que a nuestra izquierda empezaba una zona de aparcamientos, justo cuando ella se encontraba en el ángulo muerto de visibilidad del coche. Nos tomaron los datos y nos dejaron marchar.»
…Ahora me sentía más avergonzado si cabía. Recogí la bicicleta del suelo y le dije a la chica que le debía una, y que si aún no había comido la invitaba a almorzar una deliciosa comida colombiana en casa de mis padrinos. Me preguntó si ellos eran la pareja que iba conmigo en el coche el día del accidente. Dije que sí sorprendido por su excelente memoria. Se acordaba perfectamente de los disfraces que llevaban Carlos y Mónica, pero en ningún momento me preguntó por mi esposa. Aceptó la invitación encantada. Caminamos bordeando el parque y atravesamos por Josephine Avenue hasta Brixton Hill.
El edificio donde vivían Carlos y Mónica era el más inseguro y peculiar al que yo había entrado desde que me trasladé a Londres. Un pequeño edificio de apartamentos del Council: tres plantas en forma de “U” con pasillos exteriores, jardín particular y parking privado, construido en los años sesenta, y que en la última década había sufrido un gran deterioro debido a que la zona se había vuelto bastante peligrosa y casi nadie se atrevía a vivir allí. La mitad de los apartamentos estaban ocupados por drogadictos y prostitutas, y no había día que no hubiera algún tipo de altercado o de pelea en el interior. A los que solíamos pasar tiempo allí no nos sorprendía demasiado cuando sonaban disparos en las escaleras o si la policía llamaba a la puerta para preguntar si conocíamos al yonqui que habían encontrado muerto en el rellano del ascensor. Muchos de nuestros amigos no se acercaban por miedo a que les sucediera alguna cosa. Había bastantes precedentes. A mí me habían atracado repetidas veces pero en ninguna ocasión con graves consecuencias. Siempre se trataba de algún heroinómano o crackero que necesitaba algo de dinero para su dosis diaria y al que si le dabas, a punta de navaja, eso sí, algo suelto, te dejaba en paz hasta la siguiente vez que te cruzaras con él en el momento equivocado. Y resultaba gracioso porque solían ser los vecinos. Los mismos vecinos que alguna vez nos habían ayudado con la mudanza o a empujar a Copito -el Fiat Panda que tantos buenos ratos nos había hecho pasar- cuando no arrancaba.
Muy cerca del edificio advertí a Marta -así se llamaba mi nueva amiga- del relativo peligro que suponía llegar hasta el apartamento de Carlos y Mónica, pero me dijo que no me preocupara demasiado, que ella vivía en Coldharbor Lane y estaba curada de espantos.
Nos recibió Carlos vistiendo una camiseta de la selección colombiana con el numero 10 y el nombre de Valderrama en la espalda. Tenía la piel muy morena y el pelo más rubio de lo habitual. Nos invitó a pasar al salón y nos dijo que nos sentáramos mientras ellos terminaban de vestirse. Fui a la cocina a abrir una de las botellas de vino, y en ese momento llegó Mónica vestida con el albornoz de ducha y el pelo todavía húmedo, me abrazó por la espalda y me dio un beso muy sonoro en la mejilla que se escuchó en toda la casa. Carlos gritó desde su habitación que tuviésemos cuidado, que nos estaba vigilando. Ella sacó del armario una botella de aguardiente y cuatro vasos pequeños y fuimos al salón a que conociera a Marta.
Resultó que ellas dos se conocieron trabajando como voluntarias en el comedor social de Brixton a principios de verano. A los pocos minutos daba la impresión de que eran amigas de toda la vida. Decidimos posponer la comida para más tarde y empezamos a beber. No tardamos demasiado en terminar con la botella de aguardiente, ayudados por una buena cantidad del doping colombiano del que me habían hablado por teléfono un rato antes. Yo había decidido hace tiempo no meterme nada extraño, pero lo que se habían traído ellos dos, difícilmente tendría oportunidad de probarlo en esa ciudad. Así que decidí tomármelo con filosofía y disfrutar de la velada por un día.
Nos contaron que habían estado viajando por Sudamérica. Llegaron a Colombia desde Londres. Pasaron unas semanitas relajados con la familia y después se fueron unos días al parque nacional del Tayrona a disfrutar del mar y del clima tropical, tumbados en una hamaca. De allí viajaron a Venezuela y después Ecuador, Chile y Argentina. Una vez de vuelta en Bogotá, a Mónica se le antojó acercarse a Leticia para enseñarle a Carlos el pueblo más al sur de Colombia. Decidieron, en parte obligados por la escasez de dinero, hacer el viaje por tierra, con la mala suerte de que su autobús fue secuestrado por la guerrilla. Nos contaron que se llevaron a todos los extranjeros que iban con ellos, y que a él lo dejaron marchar por que estaba con Mónica que era de allí y por que a uno de los guerrilleros le gustó que llevara una camiseta del Che Guevara. Carlos siempre llevaba en su cartera unas cuantas monedas de tres pesos de la república de Cuba, con el retrato del Che en una de sus caras, que mantenía como suvenir de un viaje anterior. Se las regaló al guerrillero como muestra de agradecimiento, y él le dio su camisa de militar verde. Me dejó que me la pusiera y brindamos por la revolución y por su buena suerte. La noche fue larga…
A la mañana siguiente Mónica asomó la cabeza por entre la puerta y su marco para avisarnos que estaba preparando el desayuno, y que en veinte minutos estaría listo. La luz del día se colaba por debajo de la persiana e iluminaba levemente parte de la habitación. Marta aún estaba dormida. Tenía la cabeza apoyada sobre mi pecho y su brazo derecho rodeándome la cintura. Su pelo me provocaba picores en el hombro. Con la tenue luz de la mañana se veía preciosa. Respiré con cuidado para evitar que se despertara, intentando prolongar ese momento, por lo menos hasta que el desayuno estuviese preparado. Hacía casi nueve meses que no dormía acompañado, y estar abrazado a ella me causó una sensación de lo más agradable. Observé en silencio el perfecto perfil de su cara.
Mónica golpeó la puerta un par de veces, encendió la luz y entró en la habitación con parte del desayuno en una bandeja. Tuve la sensación de que no habían pasado ni tres minutos. Marta abrió los ojos y se desperezó durante unos segundos, me abrazó muy delicadamente y me besó en la mejilla. Luego hundió su cara entre mi pelo y se mantuvo en esa posición durante unos minutos, mientras tanto Mónica terminó de servir el desayuno. Había cocinado tortitas de queso y crepes con mermelada de fresa, melocotón y crema de cacao. Había hecho café y agua panela.
En cuanto la mesa estuvo preparada Carlos entró en el salón y se sentó junto a Mónica. Siempre hacía lo mismo, esperaba a que todo estuviera listo y entonces salía de la cama y empezaba a desayunar. No fue hasta que terminó la segunda taza de café cuando nos dio los buenos días. Era la persona con el despertar más lento que había conocido en toda mi vida. Marta sacó el brazo por debajo de la sábana para coger su ropa interior y su camiseta. Se vistió dentro de la cama, y cuando terminó fue a sentarse a la mesa con los demás. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que estaba desnuda. Tampoco me había dado cuenta de que yo también lo estaba, y por supuesto, no recordaba absolutamente nada de lo que pasó la noche anterior. Nueve meses de celibato forzoso, y cuando por fin paso la noche con alguien, no era capaz de recordar nada. ¡Menudo inútil estaba hecho! ¿Por qué no venía alguien y acababa conmigo de una vez por todas?
Terminamos el desayuno casi sin hablar. Estábamos realmente cansados, y ni siquiera el café consiguió espabilarnos. Mónica propuso ver una película colombiana que unos amigos suyos, estudiantes de dirección de cine, le habían regalado un poco antes de volver de sus vacaciones. Era de un director novel y no se había estrenado fuera de Bogotá. Ella no la había visto aún, pero tenía muy buenas críticas. El hecho de no tener que movernos del sofá nos pareció a todos buena idea. Se levantó y encendió el video, apagó la luz y volvió a sentarse junto a Carlos. Marta bajó la persiana del todo y se acurrucó junto a mí, apoyando la cabeza en mi regazo. Le empecé a acariciar el pelo. Era una sensación extraña, parecía que estaba acariciando raíces gruesas o algo así. En ese momento entendí la simbología de los dredloxs. Y debido a ello, me imagino, su piel parecía extremadamente suave. Se quedó dormida en cuestión de minutos. Los demás tardamos un poco más en sucumbir al cansancio, pero ninguno terminó de ver la película.
Abrí los ojos y pude comprobar que Marta no estaba junto a mí. Carlos y Mónica dormían profundamente. De la cocina llegaba un agradable olor a comida. Me levanté y fui para allá con cuidado de no despertarlos. Me quedé junto a la puerta mientras la miraba, intentando que no advirtiera mi presencia. Se había puesto su pantalón de peto morado claro, con los tirantes rodeándole las caderas a modo de cinturón, una camiseta blanca de algodón, sin mangas, ceñida al cuerpo, que dejaba ver su ombligo. Se había recogido parte del pelo en una cola alta detrás de la cabeza, mientras que el resto le caía sobre los hombros. Estaba descalza. Cocinaba una tortilla de patatas a la que acababa de dar la vuelta ayudada por un plato, y se había puesto a pelar unas cuantas patatas más. Imaginé que para hacer una segunda tortilla. Sentí la necesidad de acercarme a ella y besarla, pero no me atreví. Al cabo de unos minutos entré y la saludé. Ella soltó el cuchillo sobre el fregadero, se acercó sonriendo hacia mí, metió sus dedos entre mi pelo y me besó largo rato. Se separó de mí para darle otra vuelta a la tortilla. Era la primera vez que sentía celos de una tortilla de patatas. No supe qué decir. Ella no dejaba de sonreír, y me encantaba la forma en que me miraba. De pronto sentí miedo, últimamente todas mis desgracias venían precedidas por un momento bello.
Despertamos a Carlos y a Mónica cuando la mesa estaba puesta. Él empezó a comer sin ni siquiera haber abierto los ojos, pero a los pocos minutos se animó, y por ende, nos animó a todos. Engullimos la tortilla de patatas. Era la mejor que había probado. Creí que me estaba empezando a enamorar de Marta, o quizás era de su tortilla de lo que me estaba enamorando. Las dos chicas fueron a la habitación a hacer no sé qué cosa de mujeres, y yo me quedé en el salón charlando con Carlos sobre mi situación económica y sentimental. Se ofreció a dejarme algo de dinero, me dijo que no me preocupara por devolvérselo, que no había prisa. Ellos dos habían dejado la última nómina sin cobrar antes de irse de vacaciones, y como empezaban a trabajar esa misma semana no les suponía ningún problema prestarme algo. Al final me dio doscientas libras porque me negué a aceptar más.
Marta tenía que hacer un voluntariado en el comedor social de Brixton y dijo que se marchaba. Le agradeció a los anfitriones su hospitalidad y prometió pasar por allí una mañana de esas para ir con Mónica al mercado, a enseñarle una tienda de segunda mano donde podía comprar retales de tela, de los que sobraban de los decorados de los espectáculos teatrales que se hacían por la zona, a precio muy económico, y que podría utilizar para sus confecciones. Me ofrecí a acompañarla durante una parte del camino.
Cerca de donde ella se dirigía había un mesón español, famoso en la zona porque ponían muy buenas tapas, un poco caras pero buenas, y ahora que disponía de algo de dinero me quería permitir un pequeño lujillo.
Mientras la acompañaba calle abajo, le confesé que no recordaba nada de la noche anterior. Me miró muy seria, hizo una pausa silenciosa que a mí me pareció interminable y que incluso llegó a incomodarme, de pronto, en un tono burlón, dijo que entonces tendríamos que repetir, que no sería justo no mantener un recuerdo así en mi memoria. Tenía la facilidad de levantarme la moral con sólo un par de palabras, o con una simple mirada. Anotó su número de teléfono en un pedazo de papel que arrancó de su agenda, me lo dio y se despidió de mí. Me quedé apoyado en una farola, viendo como se alejaba y desaparecía entre la gente.
Desde la puerta del mesón pregunté si me daba tiempo a tomar un par de cervezas rápidas. No quedaba gente en el interior y las chicas tenían cara de estar deseando marcharse de allí. La camarera que recogía los cubiertos de las mesas me dijo que la cocina ya estaba cerrada y que ella tenía que fregar el suelo, que si no me importaba podía pasar, pero que en quince minutos cerraban. Tuve tiempo de tomarme tres cañas, pagué lo que había bebido y me fui caminando tranquilamente a casa.
Me sentaron bien las cervezas para contrarrestar la tremenda resaca del día anterior, cosa que no me agradó demasiado descubrir. Fui consciente de lo muchísimo que había estado bebiendo los meses pasados.
Notaba algo extraño mientras paseaba dirección a mi casa, pero no conseguía averiguar qué era. Con mi famoso y patentado método de eliminación, me lancé a la caza de “el objeto extraño”. Empecé por la mochila, y salvo que ahora pesaba tres botellas de vino menos, todo estaba en orden: todos los bolsillos estaban cerrados, las correas no me apretaban demasiado. Comprobé que tenía los cordones de los zapatos bien atados y la bragueta subida. Mi pelo mantenía su poco lustre habitual, también estaba en orden. No tenía ninguna mancha en la camiseta. La muñeca ya no me dolía y casi no notaba el arañazo de la cara. Ya no me quedaba nada más que eliminar y no conseguía descubrir qué era lo que me desconcertaba. Fue justo cuando el semáforo para bicicletas se puso en verde y yo reanudé la marcha, cuando me di cuenta que me había olvidado de Carolina -mi adoradísima bici-, en casa de Carlos y Mónica. Sentí cierta angustia al pensar en mi descuido, y me pregunté si pasaría la noche a salvo. Me sentía un traidor, pero como me encontraba más cerca de mi casa que de la de ellos, decidí abandonarla a su suerte hasta el día después a primera hora de la mañana, que volvería a por ella, confiando en que el orden divino de las bicicletas no permitiría que nada le sucediese.
Continué caminando hacía mi apartamento por el camino más corto. Cuando llegué a la esquina de Court Lane con Lordship lane decidí acercarme al supermercado que había junto a la biblioteca a por unas provisiones. Ya había decidido irme cuanto antes a Granada durante una temporada y no tenía intención de comprar gran cosa, pero me apetecía sentirme solvente de nuevo. Lo primero que cogí fue un paquete de tabaco, y después: salmón ahumado, queso azul, una bolsa de pan de molde integral, nata para cocinar, un cepillo de dientes nuevo, hilo dental, pasta dentífrica, pepinillos y una caja de cereales de chocolate. Me acerqué al refrigerador a por un par de pintas de leche, pero me pareció innecesario pagar por algo que podía conseguir gratuitamente. Me tenía que dar un buen madrugón para llegar al newsagent antes de que abriesen y coger la leche sin que me viesen, así que no consideraba que fuese del todo gratis. Pasé un buen rato dando vueltas por entre los estantes, pero no me decidía por nada, pagué la cuenta al dependiente pakistaní y me largué de allí. Ya llevaba unos quinientos metros caminados cuando me vino a la cabeza un delicioso sándwich de cheese and pickles. En un principio intenté hacer caso omiso a mis impulsos nerviosos, pero no sirvió de nada y tuve que volver al supermercado.
Volviendo a casa me di cuenta de que llevaba casi dos días sin pensar en “Ella”. La presión de mi estomago había desaparecido por completo y notaba un gran vacío en mi cabeza. Un vacío que de alguna manera me hacía sentir bien. Que me permitía poder pensar en diferentes cosas. Había pasado los últimos nueve meses lamentándome y sintiéndome incapaz de salir del agujero en el que me quedé el día que decidimos separarnos. Y ahora, sin saber muy bien por qué, todo se había esfumado, hasta tal punto que me sentía desnudo. Me esforcé para volver a pensar en “Ella” pero su recuerdo ya no me hería en absoluto. Al llegar a casa, saqué sus fotos de la cajita de madera que guardaba en el cajón del mueble, donde tenía el ordenador portátil, y las fui colocando una a una encima de la mesa, perfectamente alineadas. Me puse el gorrito de lana que me trajo de Perú, encendí el equipo de música y puse el cedé que solíamos utilizar en nuestras veladas psicotrópicas. Me acomodé en el sillón y respiré profundamente mientras escuchaba música y ojeaba las fotografías. Al cabo de un rato cerré los ojos y apoyé la cabeza contra la pared. Debí quedarme dormido sin darme cuenta. El silencio me obligó a levantarme para poner más música. Dejó de asustarme la idea de tenerla delante de mí, y bajé a por otra de sus botellas de vino para brindar a nuestra salud y por la despedida. Esa despedida que tanto se había hecho esperar.
Abrí las ventanas de par en par y salí al balcón a fumarme un cigarro mientras miraba cómo se ocultaba el sol y se encendían poco a poco las luces de la ciudad. Volví a ser capaz de disfrutar de la inmensa belleza que me rodeaba. Sentí ganas de llorar.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
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